Cuando alguien empieza a ver borroso, lo primero que suele pensar es que se ha vuelto miope. A veces acierta; otras, el origen es un astigmatismo, o una mezcla de ambos. La duda entre miopía o astigmatismo es más frecuente de lo que parece, porque los dos son errores refractivos que desenfocan la imagen y provocan molestias parecidas. Entender en qué se distinguen ayuda a interpretar mejor una graduación y a saber cuándo conviene pedir cita.
Miopía o astigmatismo, ¿dónde está la diferencia?
La miopía aparece cuando la luz de los objetos lejanos se enfoca delante de la retina en lugar de sobre ella. Suele deberse a un ojo algo más largo de lo normal o a una córnea con demasiada curvatura, y el resultado es conocido: lo cercano se ve nítido y lo lejano pierde definición. El astigmatismo funciona de otra manera. Si la córnea, o a veces el cristalino, no es perfectamente esférica y se parece más a un balón de rugby que a uno de baloncesto, la luz se reparte en varios puntos de enfoque y la imagen se deforma o aparece con sombras, tanto de cerca como de lejos.
De ahí la diferencia esencial: la miopía afecta sobre todo a la visión lejana, mientras que el astigmatismo altera la nitidez a cualquier distancia. Al plantear la disyuntiva de miopía o astigmatismo como una elección, sin embargo, se pierde de vista que no son excluyentes. Una persona puede tener ambos a la vez, y por eso en una receta es habitual ver una cifra de dioptrías para la miopía y otra, acompañada de un eje, para el astigmatismo. Es decir, tener uno no descarta el otro, y cada uno se compensa con un tipo de lente diferente.
Síntomas y diagnóstico, o cuando la visión borrosa pide revisión
Los síntomas se solapan bastante, y ahí nace la confusión. Quien tiene miopía suele entornar los ojos para leer un cartel, acercarse a la televisión o no reconocer a alguien a cierta distancia. El astigmatismo añade otras pistas: letras con sombra, líneas rectas que parecen torcidas, fatiga ocular al leer o conducir de noche, dolor de cabeza y halos alrededor de las luces. Si estas señales resultan familiares, lo sensato es consultar a especialistas, como los de Martínez de Carneros, antes de hacerse con unas gafas por cuenta propia.
La exploración es lo que permite distinguir un problema del otro. El profesional mide la agudeza visual, determina la graduación mediante la refracción y valora la curvatura de la córnea con pruebas como la queratometría o la topografía corneal. En los niños, a veces se aplican gotas que relajan el enfoque para obtener una medida más fiable. Además, la revisión sirve para descartar otras causas de visión borrosa que no tienen que ver con la graduación, como ciertas patologías oculares, y que pasarían inadvertidas si todo se achaca a un simple defecto de enfoque.
Gafas, lentillas o cirugía, las maneras de volver a ver bien
La opción más extendida son las gafas. Para la miopía se emplean lentes negativas, que desplazan el enfoque hacia atrás hasta la retina; para el astigmatismo, lentes con componente cilíndrico que compensan la irregularidad de la córnea. Las lentillas también sirven en ambos casos, aunque el astigmatismo suele requerir lentes de contacto tóricas, diseñadas para mantenerse en una posición concreta sobre el ojo. Por otro lado, existen lentes orientadas a frenar el avance de la miopía en la infancia, una vía que debe decidir siempre el especialista.
En adultos con la graduación estable, la cirugía refractiva con láser, como el LASIK o la PRK, puede corregir tanto la miopía como el astigmatismo. No es apta para todo el mundo: depende del grosor y la forma de la córnea, de la estabilidad de la graduación y de la salud ocular general, de modo que requiere un estudio previo detallado. Así pues, ninguna solución es mejor en abstracto; la adecuada es la que encaja con la graduación, la edad, el estilo de vida y las preferencias de cada paciente.
Qué conviene recordar antes de pedir cita
Haciendo un resumen, podemos sintetizar que la miopía dificulta ver de lejos porque la imagen se enfoca antes de llegar a la retina, mientras que el astigmatismo distorsiona la visión a cualquier distancia por la forma irregular de la córnea o del cristalino. Pueden darse por separado o a la vez, y sus síntomas, como la fatiga visual, el dolor de cabeza o el hábito de entornar los ojos, se parecen lo bastante como para llevar a error.
Por consiguiente, lo prudente es no autodiagnosticarse, ya queuna revisión visual completa, repetida con la frecuencia que indique el profesional, permite saber qué ocurre realmente en cada ojo y elegir la corrección más adecuada. Si la visión empeora de repente, aparecen destellos o cortinas en el campo visual, conviene acudir sin demora a urgencias.




